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Quesos que se creen obra

Actualmente, en Europa, la sociedad se empieza a preguntar si existen más tipos de obra a parte de las tradicionales, como una obra literaria, musical o audiovisual, entre otras. Hasta hace unas décadas era impensable creer que obras como bases de datos o programas de ordenador pudieran ser comparables a una obra de teatro o a una película y, por lo tanto, pudieran estar protegidas por Derechos de Autor. Esto se debía a que, por un lado, aún no se había desarrollado una técnica que justificase otorgarles protección, como en el caso de los programas de ordenador, creados para cada dispositivo específico –hardware-, y cuya fabricación correspondía al mismo sujeto –fabricante y arrendador del equipo-, lo que conllevaba que los autores no se preocupasen de que terceros usaran su creación de manera ilícita. Y, por otro lado, en el caso de las  bases de datos, su selección y disposición de contenidos solía ser muy genérica, por lo que no eran consideradas originales al no tener el carácter creativo exigido por la normativa de propiedad intelectual.

El videojuego y su industria

Todo en propiedad intelectual está relacionado con la cultura. En el fondo, la cultura no es más que el cúmulo de avances y progresos que realiza una sociedad y que pretende plasmar a través de diferentes medios. Si la primera revolución cultural está ligada con el primero de los nuestros que miró a las estrellas y las plasmó en una caverna con pigmentos extraídos de minerales, aún no sabemos de qué se servirá el último de los nuestros para sumarse al acervo cultural de nuestra historia. Por el momento, sólo podemos tratar de explicar y proteger lo que conocemos en nuestro tiempo.

Banksy destrozado

La mano en la boca de los presentes en la subasta no fue suficiente para evitar el sollozo, al ver como el Banksy por el que aún retumbaba la maza, se hacía trizas tras ser vendido por un millón cuatrocientos mil dólares.

Solo un desmayo a la antigua usanza -de los de mano en la frente a modo de trompa para acompañar la caída- hubiera confeccionado una escena más prefabricada en la sala londinense Sotheby’s. Una broma que en base a la regulación española, supuso un contundente derecho de retirada (Art. 14.6º LPI), al decidir el artista hacer añicos la venta de su obra, y de paso también la sensibilidad del selecto público que presenció tal ultraje -ver algo así solo te alegra en la oficina de tu contable-.